El chocolate

Víctor llegó corriendo con su jefa a enseñarle la boleta tapizada de dieces y esporádicos nueves rebeldes que lograban una malograda constelación, se encontró a la matriarca de su casa calentando los fríjoles y cuidando que el arroz no se pegara a la olla porque luego cuesta mucho trabajo lavarla. ¡Miramamá, mamamira! La doña, acostumbrada a lo mismo cada fin de mes, se limitó a darle un lacónico
“F e l i c i d a d e s”
sin despegar los ojos ni la hueva de su rutina de señoramadresposirvienta, pero el mocoso la sacó del trance cuando le pidió tres pesos para un chocolate… (¡Mocos!) Después del chingadazo vino el sermón, que no hay dinero, que la pobreza, que el marido, que los cuatro hermanos, que los deberes, que el mérito, que la inconsciencia del escuincle. ¿Y ora por que quieres un pinche chocolate? Por nada, mami, perdón, tienes razón… si nomás es mi cumpleaños.
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